viernes, 25 de noviembre de 2011

Capítulo 4

-Cada estacazo era para mí como una herida sin cerrar, como un golpe hondo, como la caída a un pozo. Él no paraba y su sudor podía sentirse en mis nalgas, resentidas por mi propia fuerza y decaídas sin saber qué hacer. Lágrimas caían por mi mejilla, imparables e insaciables de piedad. Lujuria veía en sus ojos, como si pudiese saber lo que pensaba. Paró; jadeando en un impulso desesperado de continuar, pero no lo hizo. Gracias a Dios ya todo había calmado en mi interior, ya era libre. Oí sus pasos alejarse en la penumbra, el silbido feliz que emitía y el sonido de su cremallera cerrarse. Se fue contento a su casa, por haber echo un "gran trabajo". Y yo seguí allí tirada como si nada importase ya. Al cabo del tiempo subí a casa, todo estaba normal. Intenté sonreír y tratar con cariño a Ogelí, las dos lo necesitábamos. Me arrinconé en un extremo de la cama, así pasaron los días, cambiando de posición y lugar, pero siempre pensativa, acariciando a mi gata. Recibía llamadas, pero casi ni las oía y les hacía caso omiso.
Al cabo de bastante tiempo accedí a descolgar el teléfono, pero ni si quiera escuchaba la voz que me hablaba por detrás del auricular, no le hacía caso. Llegué a pensar que nadie hablaba, que no era un producto de mi imaginación, estaba como perdida, extraviada, sin saber qué hacer.
Un día de esos tantos hice un esfuerzo por prestar atención y al descolgar el teléfono escuché una voz masculina, la primera voz que escuchaba desde aquel “otro tipo de favor” del policía. No me sonaba familiar, pero tampoco era muy desconocida, algo raro. Hablaba demasiado deprisa y solo le pude entender las palabras virgen, violación y basílica. ¿Qué quería decirme?, antes de preguntar por su paradero colgó y en el teléfono no se quedó reflejado ninguna señal de que alguien había llamado. Estaré loca. No le di más vueltas y me tumbé de nuevo en mi cama buscando a Ogelí en el profundo vacio de mi cuarto.

viernes, 18 de noviembre de 2011

Capítulo 3

Al día siguiente desperté por los rayos de luz que entraban por mi ventana, imaginando que lo visto era solo un simple sueño, aunque sabía que era verdad… de todas formas este era un nuevo día y desperté con la seguridad de que sería bueno. Me dispuse a desayunar y pensé en encender la televisión, cosa que era nueva en esta casa. Cogí el mando y puse la cadena autónica de Aragón:
-Últimas noticias: La estatua situada en la fachada de La Seo ha sido desaparecida en esta misma noche y en su lugar ha sido descubierto una especie de enchufe y un cable hechos de mármol que no desentonan con la piedra de alrededor. No se sabe el paradero de estos presentes ni la ubicación del Santo. Les seguiremos informando.
Al instante comprendí que no había sido buena idea encender el aparato y lo apagué al instante. Desayuné con una tranquilidad absoluta y salí de casa con ganas de comerme el mundo.
Volví a La Seo, efectivamente, allí faltaba una figura. No me sorprendí en absoluto cuando oí hablar de que eran unos gamberros los que habían causado tal desastre, y no pude contener la risa pensando para mí que si ellos hubieran estado ayer de madrugada aquí, en mi misma situación, otro gallo cantaría. No le di más importancia y procedí a entrar en la Basílica. Mucha más gente que normalmente entraba y salía de ella, y eso ya era decir. Los cristianos no pensaban que eran gamberros, algo había pasado, algo relacionado con la religión y no, no iban desencaminados.
Estuve tres horas ahí dentro, no tenía nada mejor que hacer y ese ambiente y el olor a incienso me relajaba. Cuando salí ya eran las siete. Debía regresar. Allí a lo lejos se distinguía la fuente en cascada de la plaza del Pilar. La observé y sin más dilación me di la vuelta para emprender mi regreso. Pasé todo el trayecto mirando las baldosas del suelo y recordando lo de la pasada noche. ¿Cómo unas caras tan dulces pueden tener tanta maldad?, ¿cómo desapareció la figura de la nada?, ¿por qué rieron?, son tantas cosas… tantas preguntas… Cuando llegué al portal un policía pitaba a mi piso una y otra vez. Me acerqué y le di las buenas noches.
-¿Qué deseaba agente? – dije con la voz más ridícula que podía emitir en ese momento.- ¿Pasa algo? Soy la propietaria de ese piso.
- Que va, que va, era sólo para saber si usted vio algo la otra noche, en la que robaron la estatua. Pero tranquilícese, se lo estamos preguntando a todos los de la zona. Entonces dígame, ¿vio algo?- Pronunció. Su voz era muy grave y su bigote, que le empezaba más debajo de lo normal, se movía como si ráfagas de aire lo estuvieran azotando. Sus ojos, destellantes de felicidad y llenos de perversión, no me miraban especialmente a los ojos. Sus labios se relamían, como se relame un niño con un caramelo, en mi presencia y poco a poco dejó de poseer esa postura autoritaria, a tener una mano en la pared apoyando todo su peso contra ella, que no era poco.
-Eh… no, no vi nada. Ahora, ¿me deja entrar en mi portal, por favor?- Solo quería librarme de aquel pervertido. Al segundo posó su dedo índice en mis labios, a lo que yo respondí con una mirada de asombro y pronunció unas palabras que se me quedarán grabadas en la mente para el resto de mi vida…
-Igual la Señorita…- hizo una pausa para que yo le dijese mi nombre o apellido, pero no obtuvo respuesta- Igual la señorita, quiere hacerme otro tipo de favor…- dijo chasqueando la lengua y bajándose la bragueta del pantalón.

jueves, 10 de noviembre de 2011

Capítulo 2

Salí del examen y busqué desesperadamente una cara conocida, con la que intercambiar opiniones, con la que intercambiar aunque sea una sola mirada con la que poder decir demasiadas cosas o ninguna. Me daba igual quien fuese, un profesor, un compañero de clase, o aunque sea una persona a la que preguntar la hora. Lo necesitaba más que a nada en este mundo. Busqué por los pasillos, por todas las salas, por los baños, nadie se decidió a mirarme, ni si quiera a dejarme paso, parecía un ser invisible que en cualquier momento se desplomaría sin importancia alguna en el suelo. Desistí de la búsqueda, estaba claro que ya para nadie importaba, como siempre, que tenían cosas mejores que hacer que ser amables con alguien como yo, marginada de la sociedad. Se habían acabado las clases, tenía que buscar algo que hacer. Deporte. Rechacé esa idea al instante. ¿Cómo una chica tan menuda y esquelética como yo se puede permitir el lujo de poder hacerse daño haciendo cualquier actividad física? No, mi vida era mala, pero no para tanto. Después pensé en escribir, y no os creáis, lo intenté. Las palabras que salían de mi mente y que iban a parar al papel parecían como si no estuviesen hechas para ser escritas y solo me recordaban que estaba sola como un beso sin mejillas… Finalmente decidí quedarme en casa con mi gato, como siempre, la rutina no es tan mala, ¿no? Y así pasaron los días, alimentando a Ogelí y buscando cosas que hacer, de vez en cuando bajaba para dar un paseo, pero todo era igual, un mundo en el que las masas iban hacia un lado y todos las seguían… Un lunes de Julio, el día más caloroso de mi vida, recordé lo que aquel día vi extraño en la catedral y volví para comprobar que ese día estaba demasiado cansada y que debí tener una alucinación. Crucé el Puente de Piedra y me adentré en la calle Milagro de Calanda dejando atrás el rio. Era mediodía, pero no tenía hambre, los turista entraban sin parar en la basílica, la multitud se hacía fotos con Goya y ahí a lo lejos se podían distinguir dos chicas que hablaban entre ellas. Una llevaba el pelo corto y castaño y la otra negro y rizado, las dos iban con el mismo pantalón en colores distintos, verde y rojo. Me acerqué, sólo estaba a unos dos metros de ellas, y pude sentir como sus miradas se posaban en mí. No pensaba que cuando alguien te miraba se sentía una especie de escalofrío como el que desprendía la mirada de ellas… miradas penetrantes, que buscaban el suicidio de aquel día como agua de mayo. Les miré fijamente a los ojos, ellas me sostuvieron la mirada. En una décima de segundo pude ver toda mi vida pasar por los ojos de aquellas dos chicas, sabían todo lo que me pasaba, todo lo que estaba pensando e investigando en ese momento. De repente, se levantaron y sin dejar de mirarme se posaron cada una de ellas a un lado de mí, habían pasado horas, y la plaza era ya un sitio peligroso a aquellas horas. Se volvieron hacia mí y con la voz más eléctrica que pude imaginar en mi vida me dijeron que mirara a la Seo… Otra vez aquella sensación. Rieron con una risa inigualable e inimaginable, rieron como nunca en toda su vida… como si ya no quedara escapatoria… Una campana sonaba cerca, tan cerca que me ensordecía, tan cerca que ya no podía escuchar las voces de aquellas chicas. Acto seguido una de las estatuas de la fachada principal de la catedral ya no estaba y yo me quedé sola, llorando y sin más compañía que una paloma que me miraba con incertidumbre…

viernes, 4 de noviembre de 2011

Capítulo 1

El susurro del aire sonaba en toda mi habitación aquella noche, aquella noche que sin pensarlo dos veces me había quedado estudiando para el examen del día siguiente. Lo necesitaba, pero no pude contener el deseo que tenía de mirar a la luna, una luna rodeada de estrellas que parecía que bailaban a su alrededor, que hacía que te perdieses en su luz, en su resplandor… Levanté la vista y la vi, allí en el horizonte… Aunque era tarde decidí ir a dar un paseo… aun sabiendo que tenía que estudiar y descansar. Vivía en la azotea de un edificio antiguo, muy antiguo, daba la sensación de caerse a pedazos. Me puse el abrigo, despedí a Ogelí y salí de casa sin preocuparme por cerrar con llave, volvería pronto.
Las calles estaban vacías y aparte del ruido de algún coche que ya volvía a casa, el único sonido que escuchaba era el de la suela de mis propios zapatos. Recorrí el paseo Echegaray y Caballero mirando el Ebro, que casualmente ocupaba toda su capacidad y me pregunté si dentro de él habría algo más que peces y bolsas de basura. Seguí por Don Jaime I y giré a la derecha, ahí estaba, tan majestuoso como siempre, tan señorial… El Pilar. El sol estaba saliendo y la basílica estaba ya abierta, decidí entrar y comprobar que nada había cambiado. Todo igual… recé porque nada cambiase, recé por mi examen, recé por mis amigos, recé por todo, este sería un buen día.
Las calles buscaban mi soledad como si no tuvieran a otra a quien joder, siempre la mía. La verdad es que siempre he estado sola, nunca nadie antes me ha querido, buscaba siempre un sitio en donde estar y normalmente acababan echándome, resignación es lo que una con el tiempo acaba obteniendo. Ahora con 22 años y casi licenciada en Medicina seguía sola y sin que nadie me quisiese. Mi abuela murió antes de que yo naciera, de ella heredé los preciosos ojos verdes, mi abuelo murió dos meses después de mi nacimiento, de él heredé su pelo negro como el azabache y mis padres…, mis padres murieron cuando yo solo era una niña de 13 años, de ellos heredé el mal humor, supongo. Desde ese momento he estado viviendo con mi tía, la cual a sus 88 años murió el año pasado… ya no hay nada más que hacer, estoy sola y sin compañía.
Empezaba a notarse ya el frío de la primera hora de la mañana y me disponía a volver a casa cuando en La Seo noté algo raro… algo que no lograba ver, pero que antes no estaba ahí, o no era así, no sería nada raro, igual solo era la fachada que la habían limpiado, de todas formas no le di más importancia y busqué el camino de vuelta. Me esperaba un día demasiado ajetreado.