Los días se pasaban y no volví a tener señal de aquel individuo al que me decidí coger el teléfono esa tarde. Mi mundo ya no se desmoronaba bajo mis pies, parecía que todo volvía a la calma. Me levanté de la cama y descubrí que mi pelo estaba mucho más largo y desmadrado de lo habitual, cogí la primera tijera que vi e hice lo que pude. Busqué mi ropa, me vestí y salí a la calle. ¡Cuánto lo necesitaba! El cielo ya no era tan azul como siempre, el agua ya no era cristalina, pero ese olor a vida despertó en mí una gran ansia de encontrar una solución a mis problemas y pensando esto iba acercándome cada vez más a la Aseo de nuevo.
Cuando ya estaba delante de ella me di cuenta de que ya habían hecho otras estatuas, que destacaban mucho más en la facha que las originales réplicas de las desaparecidas. Me senté en el banco y vi una figura a lo lejos. Era una mujer, de pelo rojo escarlata, de ojos grises y piel del color de las perlas más hermosas, llevaba los labios pintados de negro. Veía en su rostro una indiferencia tal, que me infundía miedo y a la vez tranquilidad. Su vestido negro, hasta más debajo de sus pies, se arrastraba por el suelo, su capa negra con capucha y sus blancos pies descalzos por el suelo de la plaza no pasaban desapercibidos.
La gente de la ciudad la veía avanzar hacia mí con paso poco acelerado, como si anduviese por nubes o simplemente levitase. Cuando solo estaba a dos pasos de mí, vi que lo que me había parecido gris en sus ojos, en realidad era blanco, no poseía de iris ni pupila. Ya la tenía delante, no sabía que iba a pasar y tampoco me agradaba mucho saberlo. Cerró los ojos poco a poco y cuando los volvió a abrir fue como si acabara de salir de un estado indescriptible y empezara a vivir en el mundo real. Me sonrió, todos los músculos de su cara se tensaron y aparecieron en sus ojos lo que le faltaba, iris de color verde, como la hierba. Se presentó, se llamaba Pandora, era una mensajera del planeta Difitdult, de unos 16 años y que la habían mandado para avisarme de los cambios producidos en los planes de sus superiores.
Debía quedarse en mi casa hasta próximas órdenes y así comprobar que tendría alguien con quien hablar. En unos segundos me pareció que había perdido 10 años de golpe. Fuimos a mi casa y después de tomar un café y algunas pastas comenzó:
“Todo comenzó cuando Athenea se casó con Apolo, estaban tan felices que compraron una casa a las afueras del Olimpo, la casa era pequeñita pero acogedora y decidieron tener ahí a su primer hijo, Baco. La concepción fue difícil, Athenea lloraba y lloraba todas las noches, aunque sabía que eso no solucionaría su problema. Su marido, ya harto, la pegaba y su sufrimiento nunca cesó. Al final se quedó en cinta y el parto fue bien. Un precioso Dios del cielo de ojos azules había nacido y con él, la salvación de su tierra, pero ellos aún no lo sabía. Durante la gestación, el Olimpo y el planeta Difitdult estaban en guerra y en esa misma guerra, cayó el Olimpo, dejando al descubierto secretos de Dioses legendarios y seres mitológicos, que antes estaban por descubrir. Los difitdultianos aprendieron todas estas costumbres y se adueñaron del territorio esclavizando a los Dioses y poniéndolos más abajo que en el inframundo. Ahora buscamos a Baco, el hijo que salvaría al Olimpo para matarlo y dejar a los nuevos propietarios prosperar. Todos los acontecimientos que te han pasado a lo largo de estos días eran para que te dieses cuenta de que eres la elegida para encontrar a ese niño, que ahora será un hombre de tu edad, rubio, de ojos como el mar y un aura que llega hasta su casa celestial. Pero para eso hay que llevarte a mi planeta, instruirte y buscarte un nuevo nombre, eres la predestinada, la elegida.”
Cuando ya estaba delante de ella me di cuenta de que ya habían hecho otras estatuas, que destacaban mucho más en la facha que las originales réplicas de las desaparecidas. Me senté en el banco y vi una figura a lo lejos. Era una mujer, de pelo rojo escarlata, de ojos grises y piel del color de las perlas más hermosas, llevaba los labios pintados de negro. Veía en su rostro una indiferencia tal, que me infundía miedo y a la vez tranquilidad. Su vestido negro, hasta más debajo de sus pies, se arrastraba por el suelo, su capa negra con capucha y sus blancos pies descalzos por el suelo de la plaza no pasaban desapercibidos.
La gente de la ciudad la veía avanzar hacia mí con paso poco acelerado, como si anduviese por nubes o simplemente levitase. Cuando solo estaba a dos pasos de mí, vi que lo que me había parecido gris en sus ojos, en realidad era blanco, no poseía de iris ni pupila. Ya la tenía delante, no sabía que iba a pasar y tampoco me agradaba mucho saberlo. Cerró los ojos poco a poco y cuando los volvió a abrir fue como si acabara de salir de un estado indescriptible y empezara a vivir en el mundo real. Me sonrió, todos los músculos de su cara se tensaron y aparecieron en sus ojos lo que le faltaba, iris de color verde, como la hierba. Se presentó, se llamaba Pandora, era una mensajera del planeta Difitdult, de unos 16 años y que la habían mandado para avisarme de los cambios producidos en los planes de sus superiores.
Debía quedarse en mi casa hasta próximas órdenes y así comprobar que tendría alguien con quien hablar. En unos segundos me pareció que había perdido 10 años de golpe. Fuimos a mi casa y después de tomar un café y algunas pastas comenzó:
“Todo comenzó cuando Athenea se casó con Apolo, estaban tan felices que compraron una casa a las afueras del Olimpo, la casa era pequeñita pero acogedora y decidieron tener ahí a su primer hijo, Baco. La concepción fue difícil, Athenea lloraba y lloraba todas las noches, aunque sabía que eso no solucionaría su problema. Su marido, ya harto, la pegaba y su sufrimiento nunca cesó. Al final se quedó en cinta y el parto fue bien. Un precioso Dios del cielo de ojos azules había nacido y con él, la salvación de su tierra, pero ellos aún no lo sabía. Durante la gestación, el Olimpo y el planeta Difitdult estaban en guerra y en esa misma guerra, cayó el Olimpo, dejando al descubierto secretos de Dioses legendarios y seres mitológicos, que antes estaban por descubrir. Los difitdultianos aprendieron todas estas costumbres y se adueñaron del territorio esclavizando a los Dioses y poniéndolos más abajo que en el inframundo. Ahora buscamos a Baco, el hijo que salvaría al Olimpo para matarlo y dejar a los nuevos propietarios prosperar. Todos los acontecimientos que te han pasado a lo largo de estos días eran para que te dieses cuenta de que eres la elegida para encontrar a ese niño, que ahora será un hombre de tu edad, rubio, de ojos como el mar y un aura que llega hasta su casa celestial. Pero para eso hay que llevarte a mi planeta, instruirte y buscarte un nuevo nombre, eres la predestinada, la elegida.”
Cómo cambia esto de registro de un viernes a otro. Para lectores incautos informo que en la mitología real Atenea no se casa con nadie y que Baco en realidad es hijo de Zeus y Perséfone.
ResponderEliminarPerséfone también sale en un capítulo posterior. Creo que no he seguido ningún árbol geonológico de los Dioses y que estarán todos mal... Pero bueno. Gracias por ese dato, no lo sabía y no creo que se me olvide ya.
ResponderEliminarWow, ya empieza a estar interesante el libro...
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