“No sé como explicar lo que pasará ahora mismo, cuanto estaré fuera, o
simplemente cuando recibiréis noticias mías. Este no es un viaje normal, y
tampoco debe serlo. No tengo que escribirlo para que sepáis que por mis
mejillas ya caen lágrimas y que os echaré de menos. El mundo no notará mi
ausencia, pero vosotros… Vosotros igual sí, tampoco estoy muy segura. Después
de esto seguramente encontraré mi camino y todo será mejor. Gente como yo no
hay mucha, debo aceptarlo y espero que lo comprendáis. Pero un día, el cual vendré,
se acabarán las injusticias, hasta ese día, os quiero mamá y papá.”
Citaba una carta encima de una lápida carcomida por el tiempo y llena de
verdes ramas. A lo lejos, un hombre me miraba atentamente, como si de un
extraterrestre me tratara, y poco a poco levantó una pistola y apuntó a mi
cara. Con tranquilidad cogí la carta y la metí en el bolsillo de mi abrigo. EL
hombre ya había desaparecido para cuando volví a mirar hacia allí. Siempre la
misma persona y sus mismos gestos… Ya no le tenía miedo.
Volví a casa y dejé la carta encima de la cama, me desnudé y me analicé
en el espejo. Sólo buscaba felicidad… y solo veía un corto pelo rubio y unos
enormes ojos azules, como cuando caí del cielo. Cerré los ojos e inspiré
fuerte, noté una convulsión y de mi espalda salieron dos enormes alas negras
que buscaban espacio en la pequeña habitación. De ellas caían plumas, que al
llegar al suelo se desintegraban como si no quisieran que ningún mortal las
viese por ahí sueltas. Me tapé el cuerpo con las alas y busqué la carta que
había cogido. Tenía que ser ella, la elegida, el lugar a donde se iba, el
viaje… Seguro que era.
Mi plan era muy sencillo, la buscaría, haría que se enamorara de mi, de
todas formas no notará la diferencia. Será fácil, seguro que tiene poca
autoestima, menos que yo seguro.
Guardé las alas y volví a mirarme al espejo, me gustaba mirar como los
huesos de mi cuerpo se marcaban debajo de mi piel como si encima no hubiera
nada más, la columna, la clavícula, las costillas… Todo. Ya tendría tiempo para
eso en otro momento. Me volví a vestir y salí de casa, esta vez, no me quedaría
sin mi presa.

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