El sol brillaba en el horizonte y las hojas de los árboles bailaban en
sus ramas. Mi instinto me llevó a un parque, naturaleza, por fin podría respirar
aire fresco. Recorrí el parque está su otro extremo y desde allí, a lo alto,
una figura intimidante descansaba en un pedestal encima de un león. Me decidí a
subir y ver como el agua bajaba por el centro de las dos escaleras. Al llegar
arriba encontré a mucha gente, gente normal, no la que buscaba, di dos vueltas
y ahí estaba, no pensé que fuera tan guapa. Estaba sentada en un bordillo y
lloraba como representaba en la carta. Me armé de valor y me senté a su lado.
Su fina piel podía verse debajo de ese jersey y sus brillantes ojos miraban al
infinito. Levantó la cabeza y me vio allí, a su lado.
-Hola. – Dije con voz calmada.
-Mm… hola. - El miedo, la tristeza, la soledad… todo se marcaba en el
ritmo pausado de su voz.
-Hace un buen día, puede que no sea de mi incumbencia, pero ¿puedo darte
un pañuelo para que saques de tu ojo lo que te hace llorar?
-No lloro porque se me haya metido algo al ojo.
-Bueno, suponiendo que no nos conocemos y que no me contarás la causa,
supongo que es mejor que yo crea eso a quedarme con la duda.- Corté fríamente.
-Supongo… En realidad lloro por un libro.
-¿Por un libro?, ¿te gusta leer?- lo que me dijese de aquí en adelante
sería relevante para nuestra relación.
-Sí, va de una chica que tiene que salvar al mundo y para eso tiene que
irse a otro planeta.
-Comprendo… ¿Cómo se llama el libro?- Me intrigaba que nombre pondría a
la historia de su vida.
-Se llama “La vista del cielo”, pero no pruebes a comprártelo, es
pésimo, triste y está descatalogado.- Dijo nerviosa por si yo hacía ademán de
comprarlo.
-No, tranquila, odio esas cosa tan irreales, ¿Podrías olvidarte viniendo
a tomar algo conmigo en la vida real?
Dicho esto me sonrió y aceptó mi propuesta. Estuvimos toda la tarde
tomando café y hablando de nuestras similitudes, al menos eso era lo que ella
pensaba. Yo era todo lo contrario, con frialdad y distante. Parecía como si no
hubiera mantenido una conversación extensa en años, como si nadie la hubiera
reconocido como amiga, pero ya faltaba poco, de esa noche no pasaba.
La acompañe a su casa y me invitó a entrar, ella ya no podía volver
atrás, sabía a lo que se enfrentaba. Me sirvió una copa y yo me senté en su
sofá, cómodo y calentito. Posó su mano en mi muslo y dijo:
-Gracias por la tarde que hemos pasado. No me importaría volver a
vernos.
Remangó mi camisa, sacó de su bolsillo un bolígrafo verde y escribió con
una caligrafía perfecta sobre mi piel su número de teléfono, me sería útil. Me
miró a los ojos y lentamente se fue acercando a mí, esto sería más fácil de lo
que imaginaba. Me abalancé sobre ella y empecé a desnudarla, cuando ya no tenía
más ropa que quitarle que la interior comencé a poner mi mano sobre su estómago
y empecé a bajar poco a poco, cuando estaba a 10 centímetros de mi objetivo
ella me apartó y me dijo suavemente al oído:
-No sé si estoy preparada para una relación lésbica.

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