viernes, 16 de diciembre de 2011

Capítulo 7


El sol brillaba en el horizonte y las hojas de los árboles bailaban en sus ramas. Mi instinto me llevó a un parque, naturaleza, por fin podría respirar aire fresco. Recorrí el parque está su otro extremo y desde allí, a lo alto, una figura intimidante descansaba en un pedestal encima de un león. Me decidí a subir y ver como el agua bajaba por el centro de las dos escaleras. Al llegar arriba encontré a mucha gente, gente normal, no la que buscaba, di dos vueltas y ahí estaba, no pensé que fuera tan guapa. Estaba sentada en un bordillo y lloraba como representaba en la carta. Me armé de valor y me senté a su lado. Su fina piel podía verse debajo de ese jersey y sus brillantes ojos miraban al infinito. Levantó la cabeza y me vio allí, a su lado.
-Hola. – Dije con voz calmada.
-Mm… hola. - El miedo, la tristeza, la soledad… todo se marcaba en el ritmo pausado de su voz.
-Hace un buen día, puede que no sea de mi incumbencia, pero ¿puedo darte un pañuelo para que saques de tu ojo lo que te hace llorar?
-No lloro porque se me haya metido algo al ojo.
-Bueno, suponiendo que no nos conocemos y que no me contarás la causa, supongo que es mejor que yo crea eso a quedarme con la duda.- Corté fríamente.
-Supongo… En realidad lloro por un libro.
-¿Por un libro?, ¿te gusta leer?- lo que me dijese de aquí en adelante sería relevante para nuestra relación.
-Sí, va de una chica que tiene que salvar al mundo y para eso tiene que irse a otro planeta.
-Comprendo… ¿Cómo se llama el libro?- Me intrigaba que nombre pondría a la historia de su vida.
-Se llama “La vista del cielo”, pero no pruebes a comprártelo, es pésimo, triste y está descatalogado.- Dijo nerviosa por si yo hacía ademán de comprarlo.
-No, tranquila, odio esas cosa tan irreales, ¿Podrías olvidarte viniendo a tomar algo conmigo en la vida real?
Dicho esto me sonrió y aceptó mi propuesta. Estuvimos toda la tarde tomando café y hablando de nuestras similitudes, al menos eso era lo que ella pensaba. Yo era todo lo contrario, con frialdad y distante. Parecía como si no hubiera mantenido una conversación extensa en años, como si nadie la hubiera reconocido como amiga, pero ya faltaba poco, de esa noche no pasaba.
La acompañe a su casa y me invitó a entrar, ella ya no podía volver atrás, sabía a lo que se enfrentaba. Me sirvió una copa y yo me senté en su sofá, cómodo y calentito. Posó su mano en mi muslo y dijo:
-Gracias por la tarde que hemos pasado. No me importaría volver a vernos.
Remangó mi camisa, sacó de su bolsillo un bolígrafo verde y escribió con una caligrafía perfecta sobre mi piel su número de teléfono, me sería útil. Me miró a los ojos y lentamente se fue acercando a mí, esto sería más fácil de lo que imaginaba. Me abalancé sobre ella y empecé a desnudarla, cuando ya no tenía más ropa que quitarle que la interior comencé a poner mi mano sobre su estómago y empecé a bajar poco a poco, cuando estaba a 10 centímetros de mi objetivo ella me apartó y me dijo suavemente al oído:
-No sé si estoy preparada para una relación lésbica.

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