Ya me había costado suficiente esfuerzo tener que estar con ella, con
tanta vida humana y ese olor a muerte característico de todos ellos. Su vida se
esfumaba, pero no podía dejarla morir, no todavía, sabía demasiado y por eso
tuve que pasar de ser el varón predilecto de mi familia a la única hija,
despreciada por mis padres por el cambio de sexo, pero ¿qué podía hacer? Si
seguía con mi apariencia normal podría pensar que soy al que tiene que matar y
eso destruiría mis planes, no conseguiría matarme, claro que no, pero me
descubriría.
-Bueno… Supongo que me he precipitado al pensar…- Un suspiro y su dedo
índice sobre mis labios produjeron que me callara. Parece que había cambiado de
opinión y empezó a desnudarme a mi tal y como yo lo hice con ella, con
perfección y sensualidad, de todas formas no son tan tontos los difitdultianos, habían elegido a una
gran candidata, aunque no desprendía esa excelencia característica de nosotros.
Buscó mis
labios y fue bajando poco a poco, llegando al cuello, luego a mi torso, el
ombligo, la línea del alba y finalmente
miró hacia arriba, sus ojos volvían a estar llenos de lágrimas. No quería
obligarla a nada y menos que llorara por algo de nuevo, no tendré sentimientos,
pero no me gusta ver llorar. Odio como gotas caen por las mejillas de los
humanos e incluso llegan a sus comisuras, odio ver como pueden tener
sentimientos y yo en realidad no.
Le cogí de
la barbilla y alcé su cabeza a la altura de la mía, noté que ella era más
bajita que yo y que en esa postura necesitaba ponerse de puntillas. La solté y
ella se abrazó a mí, ya la besé la frente y la dije que la llamaría, me vestí e
iba a irme, pero justo en ese momento cogió mi mano, sonrió y dándose la vuelta
tiró de mí. Bebimos demasiado, solo recuerdo que al día siguiente desperté en
su cama, con ella abrazada a mi cintura.
El sol
quemaba mi piel desde la cama y las sábanas blancas dibujaban la figura del
cuerpo de Catalina. Su pelo desmarañado caía hasta sus senos y sus suaves
labios se posaban abiertos en mi espalda. Le quité un mechón de pelo de la
frente y ella abrió los ojos bruscamente, se puso de pie tapándose con la
sábana y con una expresión de pánico en el rostro… Se golpeó la frente y volvió
a la cama, como acto de que ya recordaba. Recogí mis cosas, me vestí y la dejé
dormir, dejando sobre su mesilla una nota con el nombre de Carolina. Ya era
hora de llegar a casa.
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