Mi padre había muerto y no me causaba ningún dolor, de hecho
mi alegría era suma, el trono sería mío dentro de unas horas y todo el mundo me
veneraría buscando la salvación del Olimpo frente los difitdultianos. En todo
este tiempo habíamos sabido refugiarnos en este cielo en el que ellos no podían
llegar y nuestra vida era placentera, pero de ahora en adelante, bajo mi
mandato, recuperaremos lo que es nuestro y buscaremos la forma de matarlos a
todos. Los humanos así seguirían rezándonos y creyendo en nosotros, como si
fuéramos a salvar sus vidas de alguna manera. Qué ilusos. El acto de la subida
al trono consta de tres normal básicas que puso uno de mis ancestros, otro Dios
más. La primera es la coronación; la corona es un círculo echo de almas humanas
nacidas hace poco y de almas humanas ya a punto de morir, como símbolo de vida
y de muerte, todo estaría en mis manos de ahora en adelante. Puedo hacer que
alguien nazca y que alguien muera cuando me apetezca. Eso también lo puede
hacer Hera, pero ella porque se le atribuye el símbolo de la muerte y la fértil
sangre. La segunda es la muerte celestial; debía hacer que uno de los Dioses
ahí presentes fuera mi esclavo, lo llamado muerte celestial, ya que no tendrá
poder sobre nadie, morirá como Dios y se convertirá como en un simple humano
más, con privilegios de estar en el nuevo Olimpo. Esta decisión es lo más
complicado… Nadie quiere ser tu esclavo, pero yo ya sabía a quien elegiría. Y
la tercera y última es la más importante, un buen Dios del Olimpo tiene que ser
fértil y en esta regla se demuestra. Deberé dejar a una virgen embarazada, con
su permiso, será la predilecta y también sé quien será.
Después de todo esto lo que haga será bueno para todos, haga
lo que haga.
La ceremonia estaba a punto de empezar y un cosquilleo
recorría mi cuerpo, nerviosismo e impaciencia. Me puse mi mejor túnica y me
dispuse a salir con mi mejor cara a donde estaban esperándome, pero de repente
Hera descorrió la cortina que cerraba mis aposentos y empezó a acicalarme,
buscando la perfección en cada gesto que hacía. Ella también iba de gala, era
una de las mandadas a estar cerca de mí en la ceremonia, y yo era a una de las
personas que más quería, no me importaba como fuese ella o como me tratara,
para mí era perfecta.
Salimos cogidos de la mano, pero de una forma que nadie se
daba cuenta, ella se sentó en su correspondiente sitio y yo me arrodillé ante
mi madre. La gente aplaudía, gritaba y eran felices, un nuevo Dios, joven y
apuesto iba a mandar sobre ellos, pocos de ellos podrían volver a ver este
acontecimiento.
En la primera regla quise probar mis nuevos poderes delante
de mis súbditos… Afrodita, Diosa del amor, quedó embarazada por su propia
petición ante mi presencia y Artemisa, mi prometida desde antes de nacer murió
antes de lo previsto y nadie se lo tomó mal, todos aplaudieron por la gracia de
mis poderes y me gritaban salvador. Ya tenía un problema menos, Hera tendría
que estar feliz.
La segunda regla fue fluida. Perséfone, reina del inframundo,
sería mi “esclava”, no la quiero tratar mal ni nada de eso como hizo mi padre y
mi abuelo con los suyos, será libre y sólo me dará algunos consejos, pero nadie
se enterará.
Y finalmente el acto de fertilidad. Dudé muchas veces en la
persona que elegir, miraba a un lado y a otro y escuchaba los susurros de la
gente insinuando sorpresa a mi duda. Vi como Hera no paraba de mirarme con ojos
celosos y de odio y pensé que ella tendría que ser virgen, yo no había echo
nada con ella y 16 años sólo frente a los 400 míos… La elegí, sería la madre de
mis hijos y estaba dispuesto a pedirle matrimonio dentro de poco. De todas
formas, yo tengo derecho a estar con quien quiera aun estando comprometido o
con esposa, puedo hacer lo que me venga en gana.
Esa noche iba a prometer. Mi experiencia y las curvas de su
joven cuerpo se unirían, todo sería perfecto.
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