martes, 10 de enero de 2012

Capítulo 11


Mi padre había muerto y no me causaba ningún dolor, de hecho mi alegría era suma, el trono sería mío dentro de unas horas y todo el mundo me veneraría buscando la salvación del Olimpo frente los difitdultianos. En todo este tiempo habíamos sabido refugiarnos en este cielo en el que ellos no podían llegar y nuestra vida era placentera, pero de ahora en adelante, bajo mi mandato, recuperaremos lo que es nuestro y buscaremos la forma de matarlos a todos. Los humanos así seguirían rezándonos y creyendo en nosotros, como si fuéramos a salvar sus vidas de alguna manera. Qué ilusos. El acto de la subida al trono consta de tres normal básicas que puso uno de mis ancestros, otro Dios más. La primera es la coronación; la corona es un círculo echo de almas humanas nacidas hace poco y de almas humanas ya a punto de morir, como símbolo de vida y de muerte, todo estaría en mis manos de ahora en adelante. Puedo hacer que alguien nazca y que alguien muera cuando me apetezca. Eso también lo puede hacer Hera, pero ella porque se le atribuye el símbolo de la muerte y la fértil sangre. La segunda es la muerte celestial; debía hacer que uno de los Dioses ahí presentes fuera mi esclavo, lo llamado muerte celestial, ya que no tendrá poder sobre nadie, morirá como Dios y se convertirá como en un simple humano más, con privilegios de estar en el nuevo Olimpo. Esta decisión es lo más complicado… Nadie quiere ser tu esclavo, pero yo ya sabía a quien elegiría. Y la tercera y última es la más importante, un buen Dios del Olimpo tiene que ser fértil y en esta regla se demuestra. Deberé dejar a una virgen embarazada, con su permiso, será la predilecta y también sé quien será.
Después de todo esto lo que haga será bueno para todos, haga lo que haga.
La ceremonia estaba a punto de empezar y un cosquilleo recorría mi cuerpo, nerviosismo e impaciencia. Me puse mi mejor túnica y me dispuse a salir con mi mejor cara a donde estaban esperándome, pero de repente Hera descorrió la cortina que cerraba mis aposentos y empezó a acicalarme, buscando la perfección en cada gesto que hacía. Ella también iba de gala, era una de las mandadas a estar cerca de mí en la ceremonia, y yo era a una de las personas que más quería, no me importaba como fuese ella o como me tratara, para mí era perfecta.
Salimos cogidos de la mano, pero de una forma que nadie se daba cuenta, ella se sentó en su correspondiente sitio y yo me arrodillé ante mi madre. La gente aplaudía, gritaba y eran felices, un nuevo Dios, joven y apuesto iba a mandar sobre ellos, pocos de ellos podrían volver a ver este acontecimiento.
En la primera regla quise probar mis nuevos poderes delante de mis súbditos… Afrodita, Diosa del amor, quedó embarazada por su propia petición ante mi presencia y Artemisa, mi prometida desde antes de nacer murió antes de lo previsto y nadie se lo tomó mal, todos aplaudieron por la gracia de mis poderes y me gritaban salvador. Ya tenía un problema menos, Hera tendría que estar feliz.
La segunda regla fue fluida. Perséfone, reina del inframundo, sería mi “esclava”, no la quiero tratar mal ni nada de eso como hizo mi padre y mi abuelo con los suyos, será libre y sólo me dará algunos consejos, pero nadie se enterará.
Y finalmente el acto de fertilidad. Dudé muchas veces en la persona que elegir, miraba a un lado y a otro y escuchaba los susurros de la gente insinuando sorpresa a mi duda. Vi como Hera no paraba de mirarme con ojos celosos y de odio y pensé que ella tendría que ser virgen, yo no había echo nada con ella y 16 años sólo frente a los 400 míos… La elegí, sería la madre de mis hijos y estaba dispuesto a pedirle matrimonio dentro de poco. De todas formas, yo tengo derecho a estar con quien quiera aun estando comprometido o con esposa, puedo hacer lo que me venga en gana.
Esa noche iba a prometer. Mi experiencia y las curvas de su joven cuerpo se unirían, todo sería perfecto.

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