El espeso manto de niebla que
cubría la ciudad no dejaba ver el paso de los transeúntes desde la ventana de
Catalina. Ella, acostumbraba a mirar tras el cristal y descubrir un mundo que
se le escapaba. Desde la última visita de Carolina no había podido salir de su
habitación, soñando como sería una vida junto a ella, verla cada día,
regalándole sus sonrisas y trazando su vida en el ritmo pausado de su voz. La
extraña chica de aquél planeta lejano iba y venía a su antojo, pero cuando se
iba nunca la llevaba consigo como dijo hace meses, la dejaba sola fantaseando
con una realidad que muy a su pesar podía desplomarse en cualquier momento.
Pasaba los días acariciando a Ogelí y esperando a alguna de esas dos únicas
personas que había dejado entrar en su vida. Se sentaba en su pequeño sofá y
removía su café con la cucharilla, mirando a los ojos a Pandora, contándole sus
días pero sin desvelarle aquella noche mágica. Siempre se la guardaba para
ella, no quería que nadie más lo supiera, porque compartir la historia hacía
que la otra persona también formara parte de ella y no lo consentiría.
-Ya estás preparada. –Catalina
había bajado directamente de su nube al escuchar esto e intentaba asimilarlo.
-¿Cómo?, no entiendo. –Sabía
perfectamente a qué se refería, pero había pasado tanto tiempo que no lo creía
verdad.
.Esta noche vendrás conmigo.
Viajaron toda la noche y llegaron
al alba, llevaban toda la noche hablando de las maravillas de esas tierras y
Catalina se esperaba otra dimensión. Ella nunca se podría haber imaginado lo
que sus ojos ahora contemplaba. En el horizonte buscaba el fin de aquél campo y
en el cielo el límite de aquellas casas de piedra. Anduvimos recto por el
centro de la calle, mirando las casa de izquierda y derecha, a cual más
señorial. Las cortinas blancas de todas ellas ondeaban al viento por los
ventanales abiertos. Al final de la avenida se abrían paso dos calles mucho más
pequeñas y en el centro descansaba inerte un edificio abandonado, sus puertas
carcomidas y ventanas rotas daban la impresión de llevar así décadas. Pandora
se detuvo delante del edificio y mirando a ambos lados abrió su gran puerta y
de ella salió más luz de la que nunca hubiese imaginado, y al entrar parecía
que estaba en el cielo. La gente hablaba, reía, los niños jugaban, cantaban,
sin preocupaciones, todo bajo sus vestidos blancos vaporosos. Se amaban, eran
felices. Catalina les envidiaba, en ese mundo de alegría ella era la única
gris, de vestimenta y de mentalidad y eso nada lo cambiaría. Aunque todo este
lugar insólito la fascinaba, muchísimo más aún lo hacía Carolina que brillaba
en su memoria más que cualquiera de los ahí presentes.
Pandora hizo que se llevaran a
Catalina y la vistieran como a los demás, lo importante es que pasara
desapercibida. Una decena de mujeres de mirada perdida, atuendos de época y
gestos robóticos la desnudaron, bañaron, maquillaron, vistieron y peinaron. El
vestido blanco perola se volvía gris ante su mirada y la flor de su pelo se
marchitaba en su presencia. El morado mortuorio de sus labios ahora lucía rosa
y la belleza lívida de su rostro aún se acentuaba más. Era una imagen llena de
vida en un alma muerta y casi enterrada.
-Perfecta, ¡per-fec-ta! Qué bien
os ha quedado la humana nueva. Al verla pensaba que era de los nuestros, buen
trabajo chicas. –Hablaba una chica de cabello oscuro y gestos gráciles, de voz
suave y cálida sonrisa. –Me llamo Petra y tú debes ser Catalina. Bienvenida.
-Mmm… Gracias. –Su voz sonaba con
menos autoestima que la de Petra pero eso tenía solución.
-¡OHHH!, ¡PANDORAA!, hacía que no
te veía un mes, que sepas que ya tengo tu ceremonia preparada. –La cara de
Pandora era un poema. -¡Pero no pongas esa cara, mujer! Si aquí lo sabe todo el
mundo y ya preparé invitación para Catalina, conté con que la invitarías.
-Te dije que no sabía si me
casaría al final. –le susurró.
-Pero yo tengo claro que al final
lo harás. –Su sonrisa llegaba de oreja a oreja.
-Está bien, esta tarde iré a ver
qué has preparado. –dijo con resignación.
-¡Sí!, ¡qué mona!, será la novia
más guapa. Ah, y tráete a Catalina, tengo que probarle el traje.
-Descuida, ahí estaremos. –Pero
Petra ya no la escuchaba, andaba hacia la puerta mandando besos al aire a su
gran amiga.
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