viernes, 20 de enero de 2012

Capítulo 14


Había estado todo el día dando vueltas por ahí, entusiasmada y confusa. Cada persona con la que se topaba le saludaba y daba los buenos días, como si llevara ahí años, nadie notaba que no fuera de los suyos, la acogían y querían como nadie en su vida. Pandora hizo que le asignaran una casa pequeñita, con jardín, chimenea y dos pisos, de piedra y madera, muy acogedora. Se sentía arropada entre gente desconocida. Ya empezaba a reconocer rostros y calles, todo era extremadamente fácil de recordar, sin complicaciones. A las 5 de la tarde había quedado con Pandora en el mismo lugar en el que la habían arreglado esta mañana. Sabía donde estaba y que justo delante había un majestuoso palacio rococó en colores pastel, le interesaba. Aún le quedaba una hora para encontrarse y fue a ver qué era ese edificio, le parecía tan bonito que lo daría todo por algo parecido.
Llegó aún con tres cuartos de hora por delante y a falta de bancos se sentó en el césped a contemplar. Tanía escaleras blancas de mármol redondeadas, altas columnas y puertas y ventanas enormes de madera. Si era una casa, ¿quién viviría ahí? Le sobraría espacio. ¿Un ayuntamiento?, ¿Tan señorial? No. De repente se abrió la puerta principal y salió un joven rubio de ojos azules, parecía un ángel, le sonaba de algo. Miró al horizonte y la vio, y la contempló durante unos segundos. Catalina miraba alrededor y se dio cuenta de que no había nadie, seguro que la miraba a ella. Igual estaba alucinando pero juraría que se acercaba. Ese ritmo pausado al andar, esa sonrisa, ¡le conocía! Pero… ¿cómo? Era imposible, no lo entendía. Pestañeó y vio ahora a Pandora fundida en un tierno abrazo con el que parecía su prometido. Qué tonta había sido de pensar que él estaba andando grácilmente hacia ella, pero aún así, le conocía. Inspiró fuerte, con tranquilidad y sosiego y el aire le olía a narcisos, narcisos recién cortados, como los que su tía dejaba en su mesita de noche cada día para que al entrar ella sonriera. Abrió los ojos buscando el origen de aquel olor. Allí, a su derecha, se encontraba Petra envuelta en un vestido morado oscuro y con el pelo recogido.
-¿Quieres?-Petra le ofreció palomitas. –Como estamos aquí de espectadoras…- Y era cierto, aquello parecía una película de amor.- Ya verás. Levántate. Obedeció, no podía decirle que no a esa sonrisa siempre disponible. Le cogió la manos y sus pies se elevaron unos centímetros del suelo, los suficientes como para no hacer ruido al avanzar. Cuando estaban a medio metro, descendieron y petra procedió sigilosamente:
-¡BUENO!- Baco y Pandora se separaron del susto.- Que le decía yo a mi amiga Catalina que ya va siendo hora de probaros los trajes, ¿no? Que mucho amos pero no os vais a casar desnudos.
Se miraron con sonrisas complacientes, dando a entender que por ellos no habría problema en casarse así.
-Ah, no, eso no lo consentiré. ¿Me esfuerzo en preparar la mejor boda de la época y vosotros me tomáis así el pelo? Vale, vale…- Se hacía la enfadada, pero en realidad no lo estaba, se le notaba.
-¡Oh, no! Por todos mis ancestros, ¿cómo osas pensar eso, ilusa Petronila? Estamos impacientes de ver lo que nos has preparado.- Sonrió e hizo una reverencia.
-No me hagas la pelota, nuevo Dios de pacotilla.- Sabía que podía permitirse hablarle así, tenían una amigas desde hace años.- Me enerváis el alma entre los dos, seguid a lo vuestro y si os dignáis, venís. Yo me voy con Catalina.
Nos encontrábamos en la misma habitación que por la mañana, era enorme, pero no se había dado cuenta hasta ahora porque ahí no había nadie. La recordaba más luminosa, ahora era gris y sombría. Se volvió para comentárselo a Petra, pero al verla vio la respuesta. Por el sitio en el que pasaba la luz se hacía presente y se llenaba de vida, pero al avanzar, esa luz iba desapareciendo. No recordaba que estaba en un mundo de Dioses y fantasías.
La llevó detrás de un biombo y más allá estaba el vestidor. Miles de vestidos de diferentes colores la esperaban detrás de una puerta con su nombre.
-Eh ahí tu paraíso. La novia va con flores rojas, intenta escoger un vestido de ese color. La boda es de noche, escógelo largo. No puedes llevar más escote que las madrinas, ni ir más elegante que la madre de la novia. No puedes ir de blanco y el pelo solo recogido con flores. Por lo demás, elige el que quieras.
Descontando los vestidos que no cumplían las normas, aún le quedaban muchos por probarse. Buscaba uno perfecto, pero todos sobre su cuerpo parecía perder el encanto. <<Las cosas bonitas no están hechas para gente marchita>>, resonaba en su cabeza. Una vez se hubo probado todos los vestidos excepto uno decidió que ese era el elegido, fuese como fuese. Al probárselo se fue a mirar al espejo de fuera del biombo y allí, esperando con impaciencia, se encontraba él, sentado en un sillón que antes no estaba ahí. Se levantó y el sillón desapareció inmediatamente. Andaba con ese paso que catalina intentaba recordar de qué le sonaba. Cerró los ojos y ya estaba detrás de ella, los volvió a cerrar y sus manos cogían las suyas, entrelazando sus dedos y dándole besos por el cuello.
-Este vestido es el que mejor te queda.- Le dijo suavemente al oído sin parar de besuquearle, bajando desde la comisura de sus labios a su clavícula.- Aunque mejor si te lo quitaras.
-No… no creo que esto esté bien. No te conozco, te vas a casar con Pandora… Baco, para ya…- Su voz no sonaba convincente, se derretía en cada segundo con él ahí. Le recordaba a los instantes con Carolina, todo tan calculado, tan perfecto…
De repente, el sonido acelerado de unos pasos poco disimulados se acercaban hacia la puerta cerrada de la entrada. Se intentó deshacer de su venenoso abrazo, pero no lograba mover un ápice su posición e incluso se hacía daño al intentarlo. Los pasos se oían cada vez más cerca y el único movimiento que hizo Baco fue girarme hacia él y plantarme un beso de esos de película. Ella no podía resistirse y subió sus manos hacia su cabeza para acariciarle el pelo. Pum. Pum. Pum. Pum. Cada vez más acelerados, como el latir de sus corazones. Ella no quería seguir, pero le era imposible evitarlo. El sonido del manillar abrirse hizo que su cuerpo se llenara de más adrenalina de la que ya tenía. La vio, era Pandora:
-¿¡Qué se supone que hacéis!?

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