Tomada la decisión de la última
norma, mi madre juntó sus manos y las puso sobre mi cabeza, cerrando los ojos y
proclamándome Nuevo Dios. Se hizo un silencio sepulcral y todos mis súbditos
pusieron los ojos en blanco recitando al unísono una alabanza. Como por arte de
magia, mi cuerpo se elevó en la fría oscuridad y empezó a combulsionarse. Podía
sentir con más claridad como entrada por los dedos de mis manos el poder, la
sabiduría y la tranquilidad digna de lo que me había convertido. Podía ver
pasar la vida de cada uno de los ahí presentes, a lo que eran vulnerables y a
lo que eran demasiado fuertes. En sus ojos, lo que sentían, hacia mi o hacia
los demás, más allá de lo que es posible expresar. Pero no era capaz de
distinguir mi vida, ni mis propios sentimientos. Algo más de frialdad acumulaba
mi rostro, pero lo controlaría, volvería a ser el que era.
Estiré los brazos y poco a poco
despegué mis preciosas alas negras. En ellas habían aparecido plumas doradas y
plateadas, engalanadas para la ocasión, pero hasta las rosas mas bellas tienen
espinas, cuando las tocabas desprendían veneno, es una forma de defenderse.
Miré a mi al rededor y busqué la mirada de adulación indiscutible de Hera. Volé
hacia ella, la besé y lentamente la elevé hasta la habitación en la que me
había arreglado, dejando atrás vítores y gritos de alegría.
Nos tumbamos en la cama, la
arropé con mis alas y mirándonos a los ojos empezaba la tercera norma. Unos
ojos verdes que inspiraban confianza, los ojos de mi prometida. Ella arrugó su
nariz y la posó sobre la mía. "Besito de esquimal" me dijo hace
tiempo que se llamaba. Sólo en ella veía lo que buscaba, sólo a ella era a la
que quería, sólo ella, aunque tuviera una temprana edad. Mirándola a los ojos
ya no escuchaba los gritos de la gente ni casi me acordaba de mi cometido con
Catalina. Mirándola a los ojos me perdía en el amor y sólo podía decir una
cosa.
-Te quiero.
-Te quiero.
-¡AAAAHHH!, ¡ENSEÑAMELO OTRA VEZ,
POR FAVOR!- Hera le enseñó en anillo con una sonrisa y retiró la mano.- Buah...
Ya me gustaría a mí tener ese pedazo pedrusco sobre mi anular.- miró su dedo y
lo vio vacío- Pero a este paso nunca lo tendré.- Metió su cara en la almohada y
se puso a lloriquear.
-Por favor Petra... ¡Tienes 16
años! -dijo Hera poco convencida.
-Ah, no, por ahí no paso.
¿Cuántos ańos tienes tú entonces, monina? -dijo con rintintín. Con el ímpetu
que le había puesto a la pregunta un rizo de su largo pelo negro le cayó sobre
sus ojos, pero ella lo solucionó rápidamente pegándole un soplido.
Hera contestó ruborizada.- Um...
16 y 10 días...
-Ohhh... ¡Qué mayor! Yo 16 y 2
meses. No hay tanta diferencia entre tú y yo... Ah, sí, sí que la hay. ¡Qué
estás prometida con Baco!, ¡con Baco! Es tan follable, AHH.
-Ejem.
-Oh, perdón. Pero no me digas tú a mí que no lo es... Eh, quiero ser tu dama de honor, voy a preparar la boda, todo será perfecto... - seguía enumerando cosas pero el silencio y tristeza de Hera la hizo parar.
-Oh, perdón. Pero no me digas tú a mí que no lo es... Eh, quiero ser tu dama de honor, voy a preparar la boda, todo será perfecto... - seguía enumerando cosas pero el silencio y tristeza de Hera la hizo parar.
-Petra, no sé si quiero
casarme...
increible la historia en serio.. me encanta:D
ResponderEliminarMe alegra que te guste >.<
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