viernes, 30 de diciembre de 2011

Capítulo 9


Metí la llave en mi cerradura y me di cuenta de que estaba cerrada por dentro. Qué extraño, solo tengo un juego de llaves. Solo podía significar una cosa. Llamé al timbre, su sonido pareció retumbar en toda la casa. Se escuchó el ruido de unos pasos acercándose y la puerta se abrió ante mí. Una tenue oscuridad ocupaba toda la casa y en ella flotaban cabezas sin descanso, con la mirada perdida y hablando en diferentes lenguas. Sus cuerpos reposaban sentados en sillas invisibles, pero esto era algo efímero cuando los tocabas, desaparecían sin más, sin dejar trasto de su presencia.
El purgatorio, en realidad, está en la tierra y todos los que no pueden ir allí ven muertes andando sin rumbo y con las ideas muy poco claras. Avancé lentamente haciendo crujir el suelo de madera bajo mis pies. Un paso, otro, otro, otro… Al fin llegué a la habitación de enfrente del comedor, forcejeé la puerta y entré. Un olor a Diosa consentida se filtraba tras la puerta. Encendí la luz y ahí estaba Hera, tan guapa como siempre, tumbada en mi cama y sosteniendo sobre sus manos una vida. Me volví al espejo y volví a mi estado normal, un Dios joven y desenfadado.
-Es un placer volver a verte Hera, ¿o prefieres que te llame Pandora?
- Lo hice por ti y lo sabes.- Dijo maliciosamente. Lanzó la vida fuertemente hacia la pared y puso una cara de falsa compasión.- Uno menos…
-¿Crees que se lo ha tragado?
-¿Tragárselo? Claro, ya solo tenemos que llevarla y que tu madre haga de ella tapicería real.
-La tierra es difícil… Hace 400 años que no voy a ver a mis padres, tú me has tenido informado pero, ¿Ha cambiado mucho?
-Lo suficiente. Tienes que volver antes de que la traigamos, tu madre te dará una grata sorpresa.
-¿Una sorpresa? Ya no puede ser nada más sorprendente que esto.
-Te aseguro que lo será.
-¿Qué tal está Artemisa?
- Esa impresentable sigue igual de bien que siempre.-La cara se le puso tan o más roja que el pelo.
-Recuerda que es mi prometida.
-Lo recuerdo y por eso la odio.
Me senté en la cama y ella se agarró a mí por detrás.
-¿Cuánto crees que tardarás en deshacerte de ella para estar conmigo?
-Poco, de todas formas ella tiene algo de humana.
-¿Humana?
- Estuvo con un humano que no era el elegido, puede morir, tuvo sentimientos.
-¿Tuvo sentimientos?, ¿Por un humano?, es tan repugnante… A ver, no es que no me guste tener sentimientos, pero hacia los Dioses, y no es que no quieras tenerlos hacia humanos, no puedo, no me lo consentiría si pudiera morir a partir de entonces.
-No sé si dejarla morir, al fin y al cabo después de enamorarse solo puede vivir 50 años más, y eso no es mucho. Creo que ya lo pensaré, tenemos que ir a ver a mi madre.
Y dicho esto la cogió de la mano, cerraron los ojos y juntos hicieron que sus alas se desplegaran. Salieron por la ventana y surcaron el cielo sin ser vistos, pues tenían apariencia de dos Dioses, invisibles e impunes a todo.

viernes, 23 de diciembre de 2011

Capítulo 8


Ya me había costado suficiente esfuerzo tener que estar con ella, con tanta vida humana y ese olor a muerte característico de todos ellos. Su vida se esfumaba, pero no podía dejarla morir, no todavía, sabía demasiado y por eso tuve que pasar de ser el varón predilecto de mi familia a la única hija, despreciada por mis padres por el cambio de sexo, pero ¿qué podía hacer? Si seguía con mi apariencia normal podría pensar que soy al que tiene que matar y eso destruiría mis planes, no conseguiría matarme, claro que no, pero me descubriría.
-Bueno… Supongo que me he precipitado al pensar…- Un suspiro y su dedo índice sobre mis labios produjeron que me callara. Parece que había cambiado de opinión y empezó a desnudarme a mi tal y como yo lo hice con ella, con perfección y sensualidad, de todas formas no son tan tontos los difitdultianos, habían elegido a una gran candidata, aunque no desprendía esa excelencia característica de nosotros.
Buscó mis labios y fue bajando poco a poco, llegando al cuello, luego a mi torso, el ombligo,  la línea del alba y finalmente miró hacia arriba, sus ojos volvían a estar llenos de lágrimas. No quería obligarla a nada y menos que llorara por algo de nuevo, no tendré sentimientos, pero no me gusta ver llorar. Odio como gotas caen por las mejillas de los humanos e incluso llegan a sus comisuras, odio ver como pueden tener sentimientos y yo en realidad no.
Le cogí de la barbilla y alcé su cabeza a la altura de la mía, noté que ella era más bajita que yo y que en esa postura necesitaba ponerse de puntillas. La solté y ella se abrazó a mí, ya la besé la frente y la dije que la llamaría, me vestí e iba a irme, pero justo en ese momento cogió mi mano, sonrió y dándose la vuelta tiró de mí. Bebimos demasiado, solo recuerdo que al día siguiente desperté en su cama, con ella abrazada a mi cintura.
El sol quemaba mi piel desde la cama y las sábanas blancas dibujaban la figura del cuerpo de Catalina. Su pelo desmarañado caía hasta sus senos y sus suaves labios se posaban abiertos en mi espalda. Le quité un mechón de pelo de la frente y ella abrió los ojos bruscamente, se puso de pie tapándose con la sábana y con una expresión de pánico en el rostro… Se golpeó la frente y volvió a la cama, como acto de que ya recordaba. Recogí mis cosas, me vestí y la dejé dormir, dejando sobre su mesilla una nota con el nombre de Carolina. Ya era hora de llegar a casa.

viernes, 16 de diciembre de 2011

Capítulo 7


El sol brillaba en el horizonte y las hojas de los árboles bailaban en sus ramas. Mi instinto me llevó a un parque, naturaleza, por fin podría respirar aire fresco. Recorrí el parque está su otro extremo y desde allí, a lo alto, una figura intimidante descansaba en un pedestal encima de un león. Me decidí a subir y ver como el agua bajaba por el centro de las dos escaleras. Al llegar arriba encontré a mucha gente, gente normal, no la que buscaba, di dos vueltas y ahí estaba, no pensé que fuera tan guapa. Estaba sentada en un bordillo y lloraba como representaba en la carta. Me armé de valor y me senté a su lado. Su fina piel podía verse debajo de ese jersey y sus brillantes ojos miraban al infinito. Levantó la cabeza y me vio allí, a su lado.
-Hola. – Dije con voz calmada.
-Mm… hola. - El miedo, la tristeza, la soledad… todo se marcaba en el ritmo pausado de su voz.
-Hace un buen día, puede que no sea de mi incumbencia, pero ¿puedo darte un pañuelo para que saques de tu ojo lo que te hace llorar?
-No lloro porque se me haya metido algo al ojo.
-Bueno, suponiendo que no nos conocemos y que no me contarás la causa, supongo que es mejor que yo crea eso a quedarme con la duda.- Corté fríamente.
-Supongo… En realidad lloro por un libro.
-¿Por un libro?, ¿te gusta leer?- lo que me dijese de aquí en adelante sería relevante para nuestra relación.
-Sí, va de una chica que tiene que salvar al mundo y para eso tiene que irse a otro planeta.
-Comprendo… ¿Cómo se llama el libro?- Me intrigaba que nombre pondría a la historia de su vida.
-Se llama “La vista del cielo”, pero no pruebes a comprártelo, es pésimo, triste y está descatalogado.- Dijo nerviosa por si yo hacía ademán de comprarlo.
-No, tranquila, odio esas cosa tan irreales, ¿Podrías olvidarte viniendo a tomar algo conmigo en la vida real?
Dicho esto me sonrió y aceptó mi propuesta. Estuvimos toda la tarde tomando café y hablando de nuestras similitudes, al menos eso era lo que ella pensaba. Yo era todo lo contrario, con frialdad y distante. Parecía como si no hubiera mantenido una conversación extensa en años, como si nadie la hubiera reconocido como amiga, pero ya faltaba poco, de esa noche no pasaba.
La acompañe a su casa y me invitó a entrar, ella ya no podía volver atrás, sabía a lo que se enfrentaba. Me sirvió una copa y yo me senté en su sofá, cómodo y calentito. Posó su mano en mi muslo y dijo:
-Gracias por la tarde que hemos pasado. No me importaría volver a vernos.
Remangó mi camisa, sacó de su bolsillo un bolígrafo verde y escribió con una caligrafía perfecta sobre mi piel su número de teléfono, me sería útil. Me miró a los ojos y lentamente se fue acercando a mí, esto sería más fácil de lo que imaginaba. Me abalancé sobre ella y empecé a desnudarla, cuando ya no tenía más ropa que quitarle que la interior comencé a poner mi mano sobre su estómago y empecé a bajar poco a poco, cuando estaba a 10 centímetros de mi objetivo ella me apartó y me dijo suavemente al oído:
-No sé si estoy preparada para una relación lésbica.

viernes, 9 de diciembre de 2011

Capítulo 6

“No sé como explicar lo que pasará ahora mismo, cuanto estaré fuera, o simplemente cuando recibiréis noticias mías. Este no es un viaje normal, y tampoco debe serlo. No tengo que escribirlo para que sepáis que por mis mejillas ya caen lágrimas y que os echaré de menos. El mundo no notará mi ausencia, pero vosotros… Vosotros igual sí, tampoco estoy muy segura. Después de esto seguramente encontraré mi camino y todo será mejor. Gente como yo no hay mucha, debo aceptarlo y espero que lo comprendáis. Pero un día, el cual vendré, se acabarán las injusticias, hasta ese día, os quiero mamá y papá.”
Citaba una carta encima de una lápida carcomida por el tiempo y llena de verdes ramas. A lo lejos, un hombre me miraba atentamente, como si de un extraterrestre me tratara, y poco a poco levantó una pistola y apuntó a mi cara. Con tranquilidad cogí la carta y la metí en el bolsillo de mi abrigo. EL hombre ya había desaparecido para cuando volví a mirar hacia allí. Siempre la misma persona y sus mismos gestos… Ya no le tenía miedo.
Volví a casa y dejé la carta encima de la cama, me desnudé y me analicé en el espejo. Sólo buscaba felicidad… y solo veía un corto pelo rubio y unos enormes ojos azules, como cuando caí del cielo. Cerré los ojos e inspiré fuerte, noté una convulsión y de mi espalda salieron dos enormes alas negras que buscaban espacio en la pequeña habitación. De ellas caían plumas, que al llegar al suelo se desintegraban como si no quisieran que ningún mortal las viese por ahí sueltas. Me tapé el cuerpo con las alas y busqué la carta que había cogido. Tenía que ser ella, la elegida, el lugar a donde se iba, el viaje… Seguro que era.
Mi plan era muy sencillo, la buscaría, haría que se enamorara de mi, de todas formas no notará la diferencia. Será fácil, seguro que tiene poca autoestima, menos que yo seguro.
Guardé las alas y volví a mirarme al espejo, me gustaba mirar como los huesos de mi cuerpo se marcaban debajo de mi piel como si encima no hubiera nada más, la columna, la clavícula, las costillas… Todo. Ya tendría tiempo para eso en otro momento. Me volví a vestir y salí de casa, esta vez, no me quedaría sin mi presa.

viernes, 2 de diciembre de 2011

Capítulo 5


Los días se pasaban y no volví a tener señal de aquel individuo al que me decidí coger el teléfono esa tarde. Mi mundo ya no se desmoronaba bajo mis pies, parecía que todo volvía a la calma. Me levanté de la cama y descubrí que mi pelo estaba mucho más largo y desmadrado de lo habitual, cogí la primera tijera que vi e hice lo que pude. Busqué mi ropa, me vestí y salí a la calle. ¡Cuánto lo necesitaba! El cielo ya no era tan azul como siempre, el agua ya no era cristalina, pero ese olor a vida despertó en mí una gran ansia de encontrar una solución a mis problemas y pensando esto iba acercándome cada vez más a la Aseo de nuevo.
Cuando ya estaba delante de ella me di cuenta de que ya habían hecho otras estatuas, que destacaban mucho más en la facha que las originales réplicas de las desaparecidas. Me senté en el banco y vi una figura a lo lejos. Era una mujer, de pelo rojo escarlata, de ojos grises y piel del color de las perlas más hermosas, llevaba los labios pintados de negro. Veía en su rostro una indiferencia tal, que me infundía miedo y a la vez tranquilidad. Su vestido negro, hasta más debajo de sus pies, se arrastraba por el suelo, su capa negra con capucha y sus blancos pies descalzos por el suelo de la plaza no pasaban desapercibidos.
La gente de la ciudad la veía avanzar hacia mí con paso poco acelerado, como si anduviese por nubes o simplemente levitase. Cuando solo estaba a dos pasos de mí, vi que lo que me había parecido gris en sus ojos, en realidad era blanco, no poseía de iris ni pupila. Ya la tenía delante, no sabía que iba a pasar y tampoco me agradaba mucho saberlo. Cerró los ojos poco a poco y cuando los volvió a abrir fue como si acabara de salir de un estado indescriptible y empezara a vivir en el mundo real. Me sonrió, todos los músculos de su cara se tensaron y aparecieron en sus ojos lo que le faltaba, iris de color verde, como la hierba. Se presentó, se llamaba Pandora, era una mensajera del planeta Difitdult, de unos 16 años y que la habían mandado para avisarme de los cambios producidos en los planes de sus superiores.
Debía quedarse en mi casa hasta próximas órdenes y así comprobar que tendría alguien con quien hablar. En unos segundos me pareció que había perdido 10 años de golpe. Fuimos a mi casa y después de tomar un café y algunas pastas comenzó:
“Todo comenzó cuando Athenea se casó con Apolo, estaban tan felices que compraron una casa a las afueras del Olimpo, la casa era pequeñita pero acogedora y decidieron tener ahí a su primer hijo, Baco. La concepción fue difícil, Athenea lloraba y lloraba todas las noches, aunque sabía que eso no solucionaría su problema. Su marido, ya harto, la pegaba y su sufrimiento nunca cesó. Al final se quedó en cinta y el parto fue bien. Un precioso Dios del cielo de ojos azules había nacido y con él, la salvación de su tierra, pero ellos aún no lo sabía. Durante la gestación, el Olimpo y el planeta Difitdult estaban en guerra y en esa misma guerra, cayó el Olimpo, dejando al descubierto secretos de Dioses legendarios y seres mitológicos, que antes estaban por descubrir. Los difitdultianos aprendieron todas estas costumbres y se adueñaron del territorio esclavizando a los Dioses y poniéndolos más abajo que en el inframundo. Ahora buscamos a Baco, el hijo que salvaría al Olimpo para matarlo y dejar a los nuevos propietarios prosperar. Todos los acontecimientos que te han pasado a lo largo de estos días eran para que te dieses cuenta de que eres la elegida para encontrar a ese niño, que ahora será un hombre de tu edad, rubio, de ojos como el mar y un aura que llega hasta su casa celestial. Pero para eso hay que llevarte a mi planeta, instruirte y buscarte un nuevo nombre, eres la predestinada, la elegida.”

viernes, 25 de noviembre de 2011

Capítulo 4

-Cada estacazo era para mí como una herida sin cerrar, como un golpe hondo, como la caída a un pozo. Él no paraba y su sudor podía sentirse en mis nalgas, resentidas por mi propia fuerza y decaídas sin saber qué hacer. Lágrimas caían por mi mejilla, imparables e insaciables de piedad. Lujuria veía en sus ojos, como si pudiese saber lo que pensaba. Paró; jadeando en un impulso desesperado de continuar, pero no lo hizo. Gracias a Dios ya todo había calmado en mi interior, ya era libre. Oí sus pasos alejarse en la penumbra, el silbido feliz que emitía y el sonido de su cremallera cerrarse. Se fue contento a su casa, por haber echo un "gran trabajo". Y yo seguí allí tirada como si nada importase ya. Al cabo del tiempo subí a casa, todo estaba normal. Intenté sonreír y tratar con cariño a Ogelí, las dos lo necesitábamos. Me arrinconé en un extremo de la cama, así pasaron los días, cambiando de posición y lugar, pero siempre pensativa, acariciando a mi gata. Recibía llamadas, pero casi ni las oía y les hacía caso omiso.
Al cabo de bastante tiempo accedí a descolgar el teléfono, pero ni si quiera escuchaba la voz que me hablaba por detrás del auricular, no le hacía caso. Llegué a pensar que nadie hablaba, que no era un producto de mi imaginación, estaba como perdida, extraviada, sin saber qué hacer.
Un día de esos tantos hice un esfuerzo por prestar atención y al descolgar el teléfono escuché una voz masculina, la primera voz que escuchaba desde aquel “otro tipo de favor” del policía. No me sonaba familiar, pero tampoco era muy desconocida, algo raro. Hablaba demasiado deprisa y solo le pude entender las palabras virgen, violación y basílica. ¿Qué quería decirme?, antes de preguntar por su paradero colgó y en el teléfono no se quedó reflejado ninguna señal de que alguien había llamado. Estaré loca. No le di más vueltas y me tumbé de nuevo en mi cama buscando a Ogelí en el profundo vacio de mi cuarto.

viernes, 18 de noviembre de 2011

Capítulo 3

Al día siguiente desperté por los rayos de luz que entraban por mi ventana, imaginando que lo visto era solo un simple sueño, aunque sabía que era verdad… de todas formas este era un nuevo día y desperté con la seguridad de que sería bueno. Me dispuse a desayunar y pensé en encender la televisión, cosa que era nueva en esta casa. Cogí el mando y puse la cadena autónica de Aragón:
-Últimas noticias: La estatua situada en la fachada de La Seo ha sido desaparecida en esta misma noche y en su lugar ha sido descubierto una especie de enchufe y un cable hechos de mármol que no desentonan con la piedra de alrededor. No se sabe el paradero de estos presentes ni la ubicación del Santo. Les seguiremos informando.
Al instante comprendí que no había sido buena idea encender el aparato y lo apagué al instante. Desayuné con una tranquilidad absoluta y salí de casa con ganas de comerme el mundo.
Volví a La Seo, efectivamente, allí faltaba una figura. No me sorprendí en absoluto cuando oí hablar de que eran unos gamberros los que habían causado tal desastre, y no pude contener la risa pensando para mí que si ellos hubieran estado ayer de madrugada aquí, en mi misma situación, otro gallo cantaría. No le di más importancia y procedí a entrar en la Basílica. Mucha más gente que normalmente entraba y salía de ella, y eso ya era decir. Los cristianos no pensaban que eran gamberros, algo había pasado, algo relacionado con la religión y no, no iban desencaminados.
Estuve tres horas ahí dentro, no tenía nada mejor que hacer y ese ambiente y el olor a incienso me relajaba. Cuando salí ya eran las siete. Debía regresar. Allí a lo lejos se distinguía la fuente en cascada de la plaza del Pilar. La observé y sin más dilación me di la vuelta para emprender mi regreso. Pasé todo el trayecto mirando las baldosas del suelo y recordando lo de la pasada noche. ¿Cómo unas caras tan dulces pueden tener tanta maldad?, ¿cómo desapareció la figura de la nada?, ¿por qué rieron?, son tantas cosas… tantas preguntas… Cuando llegué al portal un policía pitaba a mi piso una y otra vez. Me acerqué y le di las buenas noches.
-¿Qué deseaba agente? – dije con la voz más ridícula que podía emitir en ese momento.- ¿Pasa algo? Soy la propietaria de ese piso.
- Que va, que va, era sólo para saber si usted vio algo la otra noche, en la que robaron la estatua. Pero tranquilícese, se lo estamos preguntando a todos los de la zona. Entonces dígame, ¿vio algo?- Pronunció. Su voz era muy grave y su bigote, que le empezaba más debajo de lo normal, se movía como si ráfagas de aire lo estuvieran azotando. Sus ojos, destellantes de felicidad y llenos de perversión, no me miraban especialmente a los ojos. Sus labios se relamían, como se relame un niño con un caramelo, en mi presencia y poco a poco dejó de poseer esa postura autoritaria, a tener una mano en la pared apoyando todo su peso contra ella, que no era poco.
-Eh… no, no vi nada. Ahora, ¿me deja entrar en mi portal, por favor?- Solo quería librarme de aquel pervertido. Al segundo posó su dedo índice en mis labios, a lo que yo respondí con una mirada de asombro y pronunció unas palabras que se me quedarán grabadas en la mente para el resto de mi vida…
-Igual la Señorita…- hizo una pausa para que yo le dijese mi nombre o apellido, pero no obtuvo respuesta- Igual la señorita, quiere hacerme otro tipo de favor…- dijo chasqueando la lengua y bajándose la bragueta del pantalón.

jueves, 10 de noviembre de 2011

Capítulo 2

Salí del examen y busqué desesperadamente una cara conocida, con la que intercambiar opiniones, con la que intercambiar aunque sea una sola mirada con la que poder decir demasiadas cosas o ninguna. Me daba igual quien fuese, un profesor, un compañero de clase, o aunque sea una persona a la que preguntar la hora. Lo necesitaba más que a nada en este mundo. Busqué por los pasillos, por todas las salas, por los baños, nadie se decidió a mirarme, ni si quiera a dejarme paso, parecía un ser invisible que en cualquier momento se desplomaría sin importancia alguna en el suelo. Desistí de la búsqueda, estaba claro que ya para nadie importaba, como siempre, que tenían cosas mejores que hacer que ser amables con alguien como yo, marginada de la sociedad. Se habían acabado las clases, tenía que buscar algo que hacer. Deporte. Rechacé esa idea al instante. ¿Cómo una chica tan menuda y esquelética como yo se puede permitir el lujo de poder hacerse daño haciendo cualquier actividad física? No, mi vida era mala, pero no para tanto. Después pensé en escribir, y no os creáis, lo intenté. Las palabras que salían de mi mente y que iban a parar al papel parecían como si no estuviesen hechas para ser escritas y solo me recordaban que estaba sola como un beso sin mejillas… Finalmente decidí quedarme en casa con mi gato, como siempre, la rutina no es tan mala, ¿no? Y así pasaron los días, alimentando a Ogelí y buscando cosas que hacer, de vez en cuando bajaba para dar un paseo, pero todo era igual, un mundo en el que las masas iban hacia un lado y todos las seguían… Un lunes de Julio, el día más caloroso de mi vida, recordé lo que aquel día vi extraño en la catedral y volví para comprobar que ese día estaba demasiado cansada y que debí tener una alucinación. Crucé el Puente de Piedra y me adentré en la calle Milagro de Calanda dejando atrás el rio. Era mediodía, pero no tenía hambre, los turista entraban sin parar en la basílica, la multitud se hacía fotos con Goya y ahí a lo lejos se podían distinguir dos chicas que hablaban entre ellas. Una llevaba el pelo corto y castaño y la otra negro y rizado, las dos iban con el mismo pantalón en colores distintos, verde y rojo. Me acerqué, sólo estaba a unos dos metros de ellas, y pude sentir como sus miradas se posaban en mí. No pensaba que cuando alguien te miraba se sentía una especie de escalofrío como el que desprendía la mirada de ellas… miradas penetrantes, que buscaban el suicidio de aquel día como agua de mayo. Les miré fijamente a los ojos, ellas me sostuvieron la mirada. En una décima de segundo pude ver toda mi vida pasar por los ojos de aquellas dos chicas, sabían todo lo que me pasaba, todo lo que estaba pensando e investigando en ese momento. De repente, se levantaron y sin dejar de mirarme se posaron cada una de ellas a un lado de mí, habían pasado horas, y la plaza era ya un sitio peligroso a aquellas horas. Se volvieron hacia mí y con la voz más eléctrica que pude imaginar en mi vida me dijeron que mirara a la Seo… Otra vez aquella sensación. Rieron con una risa inigualable e inimaginable, rieron como nunca en toda su vida… como si ya no quedara escapatoria… Una campana sonaba cerca, tan cerca que me ensordecía, tan cerca que ya no podía escuchar las voces de aquellas chicas. Acto seguido una de las estatuas de la fachada principal de la catedral ya no estaba y yo me quedé sola, llorando y sin más compañía que una paloma que me miraba con incertidumbre…

viernes, 4 de noviembre de 2011

Capítulo 1

El susurro del aire sonaba en toda mi habitación aquella noche, aquella noche que sin pensarlo dos veces me había quedado estudiando para el examen del día siguiente. Lo necesitaba, pero no pude contener el deseo que tenía de mirar a la luna, una luna rodeada de estrellas que parecía que bailaban a su alrededor, que hacía que te perdieses en su luz, en su resplandor… Levanté la vista y la vi, allí en el horizonte… Aunque era tarde decidí ir a dar un paseo… aun sabiendo que tenía que estudiar y descansar. Vivía en la azotea de un edificio antiguo, muy antiguo, daba la sensación de caerse a pedazos. Me puse el abrigo, despedí a Ogelí y salí de casa sin preocuparme por cerrar con llave, volvería pronto.
Las calles estaban vacías y aparte del ruido de algún coche que ya volvía a casa, el único sonido que escuchaba era el de la suela de mis propios zapatos. Recorrí el paseo Echegaray y Caballero mirando el Ebro, que casualmente ocupaba toda su capacidad y me pregunté si dentro de él habría algo más que peces y bolsas de basura. Seguí por Don Jaime I y giré a la derecha, ahí estaba, tan majestuoso como siempre, tan señorial… El Pilar. El sol estaba saliendo y la basílica estaba ya abierta, decidí entrar y comprobar que nada había cambiado. Todo igual… recé porque nada cambiase, recé por mi examen, recé por mis amigos, recé por todo, este sería un buen día.
Las calles buscaban mi soledad como si no tuvieran a otra a quien joder, siempre la mía. La verdad es que siempre he estado sola, nunca nadie antes me ha querido, buscaba siempre un sitio en donde estar y normalmente acababan echándome, resignación es lo que una con el tiempo acaba obteniendo. Ahora con 22 años y casi licenciada en Medicina seguía sola y sin que nadie me quisiese. Mi abuela murió antes de que yo naciera, de ella heredé los preciosos ojos verdes, mi abuelo murió dos meses después de mi nacimiento, de él heredé su pelo negro como el azabache y mis padres…, mis padres murieron cuando yo solo era una niña de 13 años, de ellos heredé el mal humor, supongo. Desde ese momento he estado viviendo con mi tía, la cual a sus 88 años murió el año pasado… ya no hay nada más que hacer, estoy sola y sin compañía.
Empezaba a notarse ya el frío de la primera hora de la mañana y me disponía a volver a casa cuando en La Seo noté algo raro… algo que no lograba ver, pero que antes no estaba ahí, o no era así, no sería nada raro, igual solo era la fachada que la habían limpiado, de todas formas no le di más importancia y busqué el camino de vuelta. Me esperaba un día demasiado ajetreado.